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Buena política

Asistimos desde hace algunos años al desprestigio social de muchas actividades profesionales, ante la impotencia de cuantos nos dedicamos a ellas. Hace tan solo un par de décadas, la autoridad del profesor, por ejemplo, no era cuestionada por los alumnos, ni tampoco la del médico por los pacientes o la del juez por los reos. Buscar una única causa sería absurdo: se necesitaría un estudio sociológico multifactorial y aun así no sería fácil dar con el origen de esta animadversión generalizada hacia ciertos sectores de la población que no hace mucho eran respetados y valorados por su nivel cultural y su labor social. Un elemento digno de mención en esta búsqueda, si bien no es, seguramente, el origen, lo constituyen ciertos medios de comunicación que alimentan cualquier hostilidad al convertir en noticia sensacionalista el mal ejercicio de las funciones de unos pocos, incitando a la generalización de determinados comportamientos muy particulares.

Y en el centro de esta vorágine de desconfianza y desacuerdo se encuentra, sin duda, la clase política. Las dificultades económicas que padecen muchos y los problemas sociales, que en mayor o menor medida nos afectan a todos, son el caldo de cultivo ideal para predisponer a la opinión pública contra aquellos a quienes culpamos de todos nuestros males, que son también, paradójicamente, aquellos en quienes ponemos nuestras mermadas esperanzas.

Pero he aquí que en medio de este desencanto generalizado, dos políticos de primera fila, dos diputados en las Cortes Generales del Estado –Luis Tomás, del Grupo Socialista, y Federico Souvirón, del Grupo Popular–, se desplazan desde Madrid hasta un instituto de un pueblo de Málaga para compartir con un grupo de alumnos de 2º de Bachillerato sus sólidos conocimientos sobre la historia de las Autonomías Españolas, con motivo de la cercana celebración del Día de Andalucía. Se podría pensar que tenían una motivación electoral, pero dado que cada uno pertenecía a un grupo parlamentario –el fruto de sus esfuerzos quedaría repartido– y, sobre todo, que el aforo de nuestro diminuto salón de actos es de poco más de setenta personas, parece obvio que la energía invertida en este acto –casi por una cuestión puramente termodinámica– no se vería compensada aunque hubieran conseguido setenta nuevos votantes (treinta y cinco para cada uno, haciendo una aproximación sencilla).

Mejor es pensar que los políticos no siempre hacen campaña de su partido; que los políticos, igual que la mayoría de los ciudadanos, desempeñan su trabajo lo mejor que saben y pueden;  que los políticos realizan una labor ingrata que nadie quiere asumir; y que Luis Tomás y Federico Souvirón nos cedieron amablemente parte de su tiempo, por cercanía del primero con el IES Las Lagunas y por amistad del segundo con nuestro compañero Luis.

Y realmente fue sorprendente la lección de democracia y convivencia que recibieron nuestros alumnos. Frente a ellos se encontraban dos representantes de los dos partidos mayoritarios de nuestro país, cuyos integrantes suelen mostrar en público actitudes, cuando menos, agresivas, compartiendo una lección magistral sobre el Estatuto de Autonomía y dando ejemplo de buena política: ambos con amplios conocimientos históricos, ambos magníficos oradores, ambos demócratas, ambos de acuerdo en las cuestiones básicas sobre la organización y el gobierno de un país como el nuestro… ¿Sería muy ingenuo pensar que si el partido gobernante –sea cual fuere– y el principal partido de la oposición nos mostraran más a menudo una cara más amable de sus interrelaciones, tal vez nuestra imagen sobre la clase política fuese también más benigna?

Sí, sería muy ingenuo pensarlo, sin duda, pues el juego político tiene sus reglas, y, como  en el ring, los contrincantes políticos deben dar, en debate público, lo mejor de sí mismos e intentar batir al otro. Pero así como el combate entre dos luchadores tiene como fin último la derrota del contrario, en política, el fin último debería ser llegar al consenso para conseguir lo mejor para la sociedad, ¿no es así? Entonces, aunque sea una utopía, ¿no podría servir, como todas las utopías, como punto de referencia y horizonte hacia el cual dirigirse?

Muchos de los que asistimos a la charla del día 18 en el IES Las Lagunas disfrutamos tanto de esa imagen de dos políticos de signo contrario, con planteamientos y soluciones diferentes, hablando en sintonía con los jóvenes y en cordial interacción, que  tal vez merecería la pena que nos la ofrecieran con más frecuencia. Aunque solo fuera para calmar los ánimos.

Gracias, Federico. Gracias, Luis.