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De cómo el tiempo no pasa en San Martín

Escrito por: Javier Ramírez Santos

No, esta vez no traigo nuevas nuevas. Exámenes, eso es lo único que tengo que ofrecer. Eso y las pertinentes reflexiones al respecto. A días de fin de curso y tres semanas para Selectividad, no soy el único al que la cabeza le ha dejado de funcionar correctamente. Ahora todo se concentra alrededor de los estudios. Agobios, agobios y más agobios, eso es todo lo que mi quijotera es capaz de generar estos días.

 

El presente debería ser un artículo de reflexión, pero mi cerebro se ve extralimitado al intentarlo y me da Math Error. Todo un problema cuando se trata de escribir. Y es entonces cuando Juana María, al otro lado de la pizarra donde encontramos dibujado un anticuerpo, redacta un emotivo texto que, al leerlo, me refresca la mente. Con los párpados humedecidos por dentro y por fuera, me veo en deuda. Con la mente esclarecida me encuentro con capacidad de responder. Gracias.

Y es que desde cuarto sólo han pasado dos años. Una auténtica minucia en la historia, una pequeña partícula en la edad de la tierra y un momento despreciable desde la aparición del universo. Y, sin embargo, están concentrados de recuerdos, de hazañas, de riñas, de risas, de vida. Se me hace duro pensar que ya termina.

Pero, ¿seguro termina? A mi parecer, el tiempo se ha parado, no avanza. Aún estoy asimilando el hecho de que hoy sea un día diferente al de ayer. Según dicen, el tiempo pasa volando cuando estás estudiando, pero parece ser que algo está fallando. Por lo visto, nostalgia y ansiedad, añoranza e impaciencia, generan una tensión capaz de consumir el combustible del tiempo  y lo acaban parando. ¿Qué es eso? ¿Es un tic? ¡El reloj ha hecho tic! Ahora a esperar a que haga tac.

Las clases ya han terminado. Ya no volveré a escuchar un potente Buenos días un lunes por la mañana, ni tendré a quién respondérselo. Ya no me levantaré pensando ¡Uf, tío, ahora Estadística! Ni me plantearé Venga, a corregir un comentario de texto. Ya no me despertaré nunca más con tal de ir al instituto.

Ahora bien, mi cerebro también lleva sufriendo desde principios de curso un remordimiento interno que ha ido royendo desde el lóbulo occipital lentamente. Intenté ver lo que era, pero esta es el área encargada de la visión, así que no vi nada. Hasta el otro día, que acabó por perforar mi frente y cayó ante mis ojos: un gusano de dudas. Cada vez queda menos y aún no veo con lucidez mi futuro. Es algo curioso lo sobrecogedoras que pueden llegar a ser las mezclas temporales que se suceden en un instante, pero este sentimiento es el peor de todos. En tres semanas tendré que escribir en un papel Qué quiero ser y aún ahora no tengo ni idea. Cuanto más se acerca la fecha –curioso, ahora sí se mueve el tiempo–, menos clara tengo la decisión y menos motivación encuentro en todo. Atrapado y agobiado, me veo en la situación de tener que lanzar una moneda al aire en el instante de escribirlo. ¿Tendré que pedirle a Juana María que me escriba otro texto para –uf– ver la luz?

La cercanía con la que veo el pasado me hace pegarme a él. Es eso, ¿no? Hay que desprenderse de algún modo de la vida pasada para dilucidar el fututo. Hay que pasar página. Pero esto es difícil al ver el blanco en la siguiente. No dejará de ser blanco hasta que empiece a escribir, pero para eso tendré que dejar de ver la anterior…–suspiro.

Espero, ya a modo de conclusión, que no os encontréis en la misma situación que yo. Y si sí es así, lo siento mucho, espero que este texto haya podido ayudaros. No sé si será el último, pero de todas formas: adiós, hasta siempre.

“El tiempo pasa, siempre acaba pasando, es sólo una cuestión de tiempo”
Jorge Wangensberg, físico barcelonés

"O él ha muerto o se ha parado mi reloj."
Groucho Marx, actor y filósofo estadounidense