Compartir

Twitter

De cómo lo pequeño se hace grande cuando sabes cómo mirarlo

Escrito por: Javier Ramírez Santos

Si me preguntasen el significado de las siglas SCAI sería incapaz de contestar sin consultar de nuevo a San Google. Después de mirar, sí sabría decir que es el Servicio Central de Apoyo a la Investigación de la universidad de Málaga. Pero lo que sí sabría decir sin consultar a la sabiduría popular es que es uno de los lugares donde los miopes no podemos alardear de ver bien de cerca, puesto que podríamos toparnos con alguien como Goyo que, teniendo o no presbicia, nos hablaría de cosas tan sumamente diminutas que ni el de la más aguda pupila podría imaginar. Pero también hay que decir que Goyo cuenta con una significativa ventaja: un microscopio electrónico de barrido.

Se despertó el día como un caluroso diecinueve de abril cuando pusimos rumbo a este centro con tal de ver el aparato que hacía posibles las fotos del libro de Biología. Adormilados aún, cogimos el autobús y este nos plantó en la puerta del esbelto edificio. Entre risas y bromas entre nosotros, fuimos encontrando “el punto” al centro (p. ej. Encontramos un cartel a la entrada que anunciaba «Depositen sus colillas aquí», pero la flecha apuntaba directamente al suelo), a la vez que éramos guiados a través de sus pasillos y escaleras hasta una sala donde nos reunimos con Goyo. Este nos dio una amable bienvenida y nos explicó en qué consistiría la visita. A continuación pasamos a manos de David, que nos llevó a una minúscula sala dónde nos apretujamos los veinte con tal de admirar unos microscopios como Dios manda (¿caeré víctima de la censura por esto?). Ante nosotros, unos microscopios ópticos binoculares, tanto verticales como horizontales, con los que se habría recreado Leewonhoek de haber contado con ellos. El coíno nos desgranó los secretos de la óptica y de las lentes y nos hizo movernos en escalas micrométricas, comparando nuestros cristalinos con sus Nikon y sus Leica.

Tras este agradable rato con David, y después de ver la microscopía epifluorescente y su microscopio con cámara de 12 megapíxeles, volvimos a la compañía de Goyo que nos mostró la joya de la corona –bajo mi punto de vista-: el microscopio electrónico de barrido. Tras explicarnos su funcionamiento, puso a Cristian a moverse en las tres dimensiones que componían a la dorada mosca encerrada en el tubo. Sorprendidos por los pelos que tenía  la mosca en el ínfimo resquicio comprendido entre ojo y ojo, Goyo nos mostró fotografías en blanco y negro tomadas con aquel mismo aparato.

Posteriormente cambiamos de guía, con Adolfo, y se nos enseñó el microscopio electrónico de transmisión. Sinceramente me decepcionó bastante. A mis ojos quedaron un poco chapuza las sombras catódicas redondas de átomos, que poco diferían de las sombras de unas canicas. Tras contemplar el complejo armatoste, el nitrógeno líquido y los potentes amortiguadores neumáticos que soportaban aquel bicharraco de la ingeniería, cambiamos de planta.

Pasamos a ver el laboratorio de biología molecular, donde una distante profesora nos enseñó las diferentes herramientas con las que contaban para sus diversos experimentos. Entre ellos, se nos explicó cómo se hacía una electroforesis de ADN, que tanto aparecía en el libro de texto. Vimos, algo más apresuradamente por la presión del tiempo, la centrifugadora y el lector automático de electroforesis en un laboratorio y el X'Pert Pro de PANalytical en otro. Para los menos técnicos, éste nombre último se refiere a la máquina de rayos X que permite hacer complejísimos análisis materiales.

Balance: Pese al hambre que pasamos al no probar bocado en toda la mañana, la calidez y simpatía de la mayoría del personal, que se volcó con nosotros y nos trató amabilísimamente, junto  a la cantidad de cosas aprendidas en una sola mañana, hicieron de ésta una mañana memorable.

 

"Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas […]”

Groucho Marx, actor y filósofo